Cuando Cayo Julio César Octaviano murió en agosto del año 14 d. C., tenía casi setenta y seis años. Había sobrevivido a décadas de sangrientas guerras civiles, dolencias crónicas de estómago, conjuras políticas y el desgaste continuo de gobernar un imperio extendido desde las costas atlánticas de Hispania hasta los desiertos de Egipto. Sin embargo, si un panadero en Roma, un legionario apostado en el Rin o un agricultor del sur de la Galia sacaban una moneda de plata recién acuñada durante los últimos años del mandatario, el perfil grabado en el metal parecía inmune al paso del tiempo. El hombre de la moneda conservaba pómulos firmes, piel lisa, frente despejada y una disposición característica del cabello que lo identificaba como un adulto vigoroso de poco más de treinta años. No se trataba de una casualidad ni de falta de pericia de los artesanos de la ceca: era una campaña de imagen política deliberada y calculada al milímetro que se prolongó durante décadas.

El rostro de un gobernante de setenta y cinco años

En el ocaso de su vida, Augusto estaba visiblemente debilitado. Historiadores romanos como Suetonio nos cuentan que el anciano gobernante vestía cuatro túnicas, una capa gruesa de lana y vendas anchas alrededor de las piernas para protegerse del frío invernal. Padecía caries dental, pérdida de cabello, una cojera provocada por una lesión en la cadera y manchas oscuras en el torso. Su cuerpo mostraba las huellas innegables de un hombre que había dirigido el Estado romano a lo largo de más de cuarenta años de cambios políticos sin precedentes. Sin embargo, las monedas que salían de la ceca imperial de Lugdunum —la actual Lyon, en Francia— hacia el año 13 d. C. mostraban a un princeps atlético, con una mandíbula firme y una piel tan tersa como el mármol pulido.

Para un observador actual, acostumbrado a ver cómo los líderes encanecen y envejecen en el poder ante el objetivo implacable de las cámaras, esta negativa a mostrar el deterioro físico parece simple vanidad. En el mundo antiguo, sin embargo, los retratos en las monedas respondían a normas muy distintas. Más allá de su función en el comercio y el cobro de impuestos, el dinero era el principal medio de comunicación de masas en la cuenca del Mediterráneo. Muy pocos súbditos romanos fuera de la capital viajaban alguna vez a Roma, y menos aún llegaban a ver al princeps cara a cara. La imagen grabada en una moneda era su único contacto visual con la autoridad suprema que garantizaba su seguridad, asentaba a los veteranos y mantenía las rutas comerciales a salvo de los piratas.

Al fijar su efigie en una madurez serena, Augusto transmitía un mensaje inequívoco sobre su régimen. Un líder visiblemente envejecido sugería debilidad, enfermedad y la inquietante posibilidad de otra guerra civil por la sucesión. Un rostro ajeno al paso del tiempo insinuaba que la paz que Augusto había traído a Roma era igual de duradera, inmune al desgaste de los años y protegida por los dioses.

Los retratos con arrugas de la República romana

Los retratos con arrugas de la República romana
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Para entender lo revolucionario que resultaba el rostro eternamente joven de Augusto, conviene examinar cómo representaban los romanos a sus líderes antes de él. Durante siglos, en tiempos de la República romana, la mayor virtud que podía proyectar un estadista era la gravitas: un sentido austero del deber, sabiduría y rigurosa disciplina republicana. Este ideal cultural dio origen a un estilo artístico conocido como verismo, de la palabra latina verus, que significa verdadero. Los retratos republicanos no buscaban que los hombres parecieran atractivos ni jóvenes. Al contrario: escultores y grabadores exageraban deliberadamente cada signo de edad avanzada.

El retrato típico de un magistrado republicano del siglo I a. C. muestra mejillas hundidas, papada flácida, patas de gallo pronunciadas alrededor de ojos cansados, surcos profundos en la frente y una calvicie avanzada. Las verrugas, las narices torcidas y las cicatrices se exhibían con orgullo. Para los romanos, estos defectos físicos eran símbolos de honor. Demostraban que la persona había pasado décadas soportando el frío de las campañas militares, las tensiones de los debates en el Senado y el peso del servicio público. Un rostro joven en la política despertaba una profunda desconfianza; la juventud se asociaba con la impulsividad, la arrogancia y la ambición desmedida que conducía a la tiranía.

Cuando la ceca romana comenzó a acuñar monedas con retratos, esta tradición verista se trasladó de lleno al metal. Los magistrados monetarios que producían los denarios de plata de la República honraban a sus antepasados mostrándolos como patriarcas severos y ancianos que parecían no haber sonreído jamás. La edad avanzada se equiparaba con la autoridad legítima y constitucional. Al distanciarse de manera deliberada de esta costumbre secular, Augusto indicaba con claridad que las viejas reglas de la política romana habían llegado a su fin.

Julio César rompe el gran tabú monetario

Julio César rompe el gran tabú monetario
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El camino hacia el retrato imperial sin edad lo abrió el padre adoptivo de Octavio, Julio César. A lo largo de los cinco siglos de la República, poner el rostro de una persona viva en una moneda romana era un tabú absoluto. Las piezas mostraban dioses, diosas, fundadores míticos como Rómulo o héroes ya fallecidos de antiguas familias aristocráticas. Estampar el propio rostro en la moneda del Estado era una costumbre propia de los reyes helenísticos de Egipto y Siria, y los romanos despreciaban a los reyes. La monarquía era la peor falta política en la mentalidad romana.

A comienzos del año 44 a. C., el Senado romano concedió a Julio César un honor inaudito: su efigie podía figurar en los denarios de plata del Estado mientras estuviera vivo. Los grabadores de la ceca de Roma se pusieron manos a la obra de inmediato y crearon piezas que mostraban a César como un dictador envejecido, con cuello surcado de arrugas, nuez prominente y entradas pronunciadas que una corona de laurel disimulaba a medias. Era un retrato verista y realista, pero su mera presencia en la moneda pública cruzó un límite irreversible. Para muchos senadores, ver el perfil arrugado de César en el dinero de diario era una prueba concluyente de que el dictador se consideraba un monarca. Apenas seis semanas después de la aparición de las primeras monedas con su efigie, César fue asesinado en los idus de marzo.

El magnicidio no acabó con este nuevo recurso, sino que lo transformó en un arma. Los asesinos de César, Bruto y Casio, no tardaron en acuñar piezas con sus propios perfiles para pagar a sus tropas, y los partidarios de César hicieron lo mismo. El tabú había quedado hecho añicos. A partir de ese instante, la guerra civil en Roma se libró no solo con legiones y naves de combate, sino también con cuños de retrato martillados sobre discos de plata y oro.

La imagen juvenil de Octavio antes del imperio

La imagen juvenil de Octavio antes del imperio
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Cuando Cayo Octavio, de diecinueve años, supo que su tío abuelo César lo había adoptado en su testamento, heredó su nombre, la lealtad de parte de las legiones y la condena a muerte dictada de facto por las facciones rivales. El joven que llegó a Roma para reclamar su herencia distaba mucho de ser el emperador sereno que la historia recordaría. Era un caudillo implacable inmerso en una lucha a muerte, y sus primeras monedas reflejan esa cruda batalla por sobrevivir.

En las monedas acuñadas entre el 43 a. C. y el 31 a. C., durante su tensa alianza con Marco Antonio y Marco Lépido en el Segundo Triunvirato, Octavio ofrece un aspecto muy distinto al de sus retratos posteriores. Los grabadores lo representaron con mejillas demacradas y hundidas, mandíbula angulosa y labios finos y apretados. En algunas emisiones aparece con una barba rala y descuidada. En la sociedad romana, dejar crecer la barba era un antiguo signo de luto y venganza; Octavio había jurado en público no afeitarse hasta haber localizado y eliminado a cada uno de los asesinos de Julio César.

Aquellas primeras monedas no buscaban transmitir sosiego divino ni belleza clásica. Su fin era proyectar venganza, juventud combativa y una determinación implacable. Se dirigían a los soldados, que necesitaban comprobar que quien les pagaba era alguien temible, resuelto y entregado por entero a vengar al dictador caído. Eran efigies duras y humanas, cargadas con la tensión de un joven que peleaba por su vida en un escenario político bañado en sangre.

El punto de inflexión de Accio y las monedas de la victoria

El punto de inflexión de Accio y las monedas de la victoria
Ilustración del artículo · El punto de inflexión de Accio y las monedas de la victoria

En el año 31 a. C., frente a la costa occidental de Grecia, la flota de Octavio al mando de Marco Vipsanio Agripa aplastó a las fuerzas navales combinadas de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio. Antonio y Cleopatra huyeron a Alejandría, donde ambos se quitaron la vida al año siguiente. Octavio quedó como único dueño indiscutible del mundo mediterráneo. Roma estaba por fin en paz, pero era una calma nacida del agotamiento absoluto. Un siglo de continuas guerras civiles había diezmado a la aristocracia senatorial, arruinado la agricultura en Italia y dejado a la población sedienta de estabilidad.

Octavio afrontaba un dilema decisivo: ¿cómo conservar el mando militar absoluto del Estado sin parecer un tirano como César, a quien habían apuñalado por sobrepasar los límites? La respuesta consistió en una cuidada puesta en escena política que duraría décadas. En el año 27 a. C., en una sesión solemne ante el Senado, devolvió formalmente el control del Estado, sus leyes y sus provincias al Senado y al pueblo romano. En agradecimiento por aquella supuesta restauración republicana, los senadores le concedieron el título honorífico de Augusto, un término solemne que significa 'el venerado' o 'el consagrado'.

La redefinición del gobernante exigía transformar de raíz su imagen pública. El caudillo tenso y ceñudo de las guerras civiles desapareció de las cecas de la noche a la mañana. En su lugar surgió una figura completamente renovada: serena, majestuosa y apartada de la fragilidad humana común. Aquel cambio se celebró en áureos de oro y denarios de plata con un lema breve pero elocuente, Civibus Servatis ('Por haber salvado a los ciudadanos'), enmarcado por una corona de roble otorgada por poner fin al derramamiento de sangre.

La creación de un rostro sin edad en bronce, plata y oro

La creación de un rostro sin edad en bronce, plata y oro
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El retrato oficial creado hacia el 27 a. C., conocido por los historiadores del arte como el tipo Prima Porta a raíz de una célebre estatua de mármol hallada al norte de Roma, constituyó una obra maestra de propaganda visual. Los artistas que lo concibieron descartaron tanto el realismo descarnado del verismo republicano como la emotividad teatral y desbordada de los retratos reales helenísticos. En su lugar, volvieron la vista cuatro siglos atrás, hacia el arte clásico de la Atenas del siglo V a. C., en particular hacia las figuras de bronce atléticas y de proporciones matemáticas del escultor griego Policleto.

Este nuevo retrato augusteo logró un equilibrio sutil entre los rasgos reconocibles del gobernante y el ideal clásico.

Conservaba bastantes rasgos del hombre real —la nariz algo aguileña, la frente ancha y las orejas prominentes— como para que cualquiera lo reconociera al instante. Sin embargo, toda imperfección quedaba suavizada. Su frente se mostraba siempre serena, libre de preocupaciones o enfado. Sus ojos aparecían despejados y francos, con la mirada al frente llena de aplomo. Los labios mantenían una expresión reposada y contenida que transmitía un dominio total de sí mismo.

Y lo más decisivo: el retrato quedó fijado en una edad biológica ideal, entre los treinta y los treinta y cinco años. Aquel momento de plenitud representaba para los romanos el equilibrio perfecto entre vigor físico y madurez intelectual. Al adoptar este modelo clásico e intemporal, Augusto se distanció de los hombres corrientes que envejecían, flaqueaban y morían. Transformó su figura de político mortal en el símbolo viviente de una era dorada perdurable.

El nuevo diseño combinó rasgos reconocibles con la perfección clásica mediante tres decisiones concretas:

  • Conservar su nariz y sus orejas características para que cualquier romano pudiera identificarlo de inmediato.
  • Eliminar las líneas de la frente, las patas de gallo y las mejillas hundidas para transmitir una salud juvenil.
  • Adoptar las proporciones armoniosas de la escultura griega clásica para evocar un orden divino.

El lenguaje oculto del peinado augusteo

El lenguaje oculto del peinado augusteo
Ilustración del artículo · El lenguaje oculto del peinado augusteo

Para los coleccionistas de monedas y arqueólogos de hoy, la forma más fiable de identificar un retrato oficial de Augusto no es su perfil, sino su cabello. En el mundo antiguo, donde el peinado dependía de la moda, el rango social y la religión, el pelo era un recurso de comunicación de gran fuerza. Los escultores cortesanos y maestros de ceca de Augusto crearon un peinado estandarizado y muy preciso que apenas varió en las monedas durante más de cuarenta años.

El peinado imperial mostraba mechones densos y ligeramente ondulados que caían en un flequillo ordenado sobre la frente. En el centro de la frente, el cabello se abría con un dibujo muy estudiado: dos mechones se separaban formando una especie de pinza abierta, mientras un tercero se curvaba hacia dentro como una pequeña coma. Esta disposición, conocida en la arqueología clásica como Zangenfrisur o peinado en pinza y horquilla, no era una elección casual. Constituía un sello artístico inconfundible, tan fácil de reconocer para un legionario romano como lo es hoy el logotipo de una empresa para un consumidor.

Aquel peinado tenía profundas raíces simbólicas. Recordaba de cerca el cabello de las estatuas griegas de divinidades, sobre todo de Apolo, el dios de la luz, el orden y la civilización con quien Augusto se identificaba estrechamente. También evocaba la cabellera airosa y heroica de Alejandro Magno, el mítico conquistador macedonio cuyo carisma los líderes romanos intentaban imitar sin descanso. Cada vez que se grababa un cuño en la ceca, ya fuera en manos de un maestro artesano en Roma o de un aprendiz en una provincia de Hispania, reproducir con exactitud la disposición de esos mechones era indispensable para certificar que el rostro de la moneda correspondía al verdadero princeps.

Cómo copiaron las cecas del Mediterráneo la imagen oficial

Cómo copiaron las cecas del Mediterráneo la imagen oficial
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¿Cómo logró un imperio extendido por tres continentes coordinar un retrato monetario uniforme en una época sin fotografía, internet ni medios rápidos de transporte? El procedimiento fue sorprendentemente metódico y se apoyó en una red de centros administrativos y modelos de referencia repartidos por todo el territorio.

Cuando en Roma se aprobaba un nuevo modelo de retrato oficial, los artistas de la capital esculpían piezas maestras tridimensionales en yeso, cera o mármol. Estos bustos, que los especialistas denominan prototipos de retrato, eran enviados mediante correos imperiales a las principales sedes administrativas y capitales provinciales del Mediterráneo. A partir de tales modelos de referencia, los grabadores de las cecas regionales elaboraban los cuños de trabajo. No necesitaban idear un estilo propio: bastaba con tallar una reproducción reducida e invertida del busto directamente sobre piezas circulares de hierro o bronce endurecido.

El sistema de acuñación garantizaba una coherencia notable, aunque no faltaron variaciones regionales. Las monedas labradas en las principales cecas imperiales, como la de Lugdunum en la Galia y la de la propia Roma, seguían con rigor el canon clásico mediante un grabado fino y refinado.

En las provincias orientales, como las actuales Turquía y Siria, los abridores de cuños formados en la tradición griega solían conferir a Augusto un aspecto más suave, sagrado y mayestático, en sintonía con siglos de moneda monárquica helenística. En cambio, cecas occidentales más modestas en Hispania producían a veces retratos más toscos y angulosos, de trazos marcados y mandíbulas más pesadas. Con todo, a pesar de estas diferencias, los rasgos esenciales se mantuvieron inalterables: Augusto se mostraba siempre joven, sereno y reconocible.

Los grabadores que trabajaban a partir de los modelos oficiales mantuvieron la unidad visual en varias regiones clave:

  • La ceca imperial principal de Lugdunum produjo los tipos más equilibrados y elegantes del emperador.
  • Las cecas griegas de Oriente acentuaron un aspecto más suave y radiante, afín a los reyes helenísticos.
  • Los puestos militares de Occidente labraron perfiles más marcados y enérgicos, pensados para transmitir firmeza a los legionarios.

El mensaje de una paz duradera para una sociedad traumatizada

El mensaje de una paz duradera para una sociedad traumatizada
Ilustración del artículo · El mensaje de una paz duradera para una sociedad traumatizada

La decisión de mantener a Augusto siempre joven respondía a las necesidades psicológicas de una sociedad exhausta por la guerra civil. La población romana que acogió a Augusto cargaba con las secuelas de décadas de enfrentamientos. A lo largo de más de medio siglo, el mundo romano había sufrido proscripciones sangrientas, confiscaciones de tierras, parálisis comercial y el duro espectáculo de legiones romanas masacrándose entre sí en suelo itálico. Padres e hijos habían combatido en bandos opuestos y el tejido social del Mediterráneo estuvo a punto de quebrar.

Augusto articuló su mandato en torno a una idea central y seductora: la Pax Augusta, la paz augustea. Bajo su gobierno, las puertas del templo de Jano —que solo se cerraban cuando Roma disfrutaba de paz completa— se clausuraron en tres ocasiones, un acontecimiento que antes solo había ocurrido dos veces en los setecientos años de historia de la ciudad. Proclamó la llegada de una nueva Edad de Oro, celebrada con esplendor en los Ludi Saeculares (Juegos Seculares) del año 17 a. C., para los cuales encargó poemas al autor Horacio.

Un emperador que envejecía representaba una perspectiva inquietante para quienes creían que la paz dependía exclusivamente de la vida de un solo hombre. Si Augusto mostraba signos de decadencia física en sus monedas, recordaría a todos que sus días estaban contados, avivando el miedo a una nueva guerra civil en cuanto falleciera. Al exhibir un rostro sin una sola arruga, la moneda imperial transmitía una mentira tácita y tranquilizadora: el princeps viviría siempre y la paz que había traído jamás se extinguiría.

La promoción dinástica familiar en los denarios de plata

La promoción dinástica familiar en los denarios de plata
Ilustración del artículo · La promoción dinástica familiar en los denarios de plata

Al presentarse con una juventud permanente, Augusto afrontó un curioso dilema visual a la hora de dar a conocer a sus sucesores. A medida que transcurrían los años, necesitaba preparar al mundo romano para un traspaso de poder pacífico. Al no tener hijos varones vivos, recurrió a sus nietos, Cayo y Lucio César, hijos de su hija Julia y de su leal general Agripa.

Entre el año 2 a. C. y el 4 d. C., la ceca de Lugdunum acuñó millones de denarios de plata que hoy figuran entre las piezas más célebres de la Antigüedad: el tipo de Cayo y Lucio. El anverso mostraba la efigie intemporal de Augusto, con el aspecto de un hombre de treinta años. En el reverso aparecían los dos jóvenes hermanos de pie, con togas, apoyando las manos en escudos y lanzas ceremoniales que les había concedido el orden ecuestre, con utensilios sacerdotales grabados entre sus cabezas.

El efecto visual resultaba llamativo y singular: el abuelo en la cara principal parecía tener casi la misma edad que sus nietos adolescentes en el reverso. La moneda no pretendía ilustrar un árbol genealógico fidedigno. Era, en realidad, un manifiesto visual sobre el porvenir del imperio. Anunciaba al legionario y al comerciante que la juventud divina de Augusto no era un hecho aislado, sino un rasgo hereditario que pasaría con naturalidad a la siguiente generación para asegurar la estabilidad durante siglos. Cuando ambos jóvenes murieron de forma trágica a poco de cumplir los veinte años y desbarataron los planes de sucesión de Augusto, aquellas piezas siguieron circulando como testimonio de lo frágiles que podían ser los proyectos dinásticos mejor concebidos.

La adaptación de la efigie imperial en las provincias

La adaptación de la efigie imperial en las provincias
Ilustración del artículo · La adaptación de la efigie imperial en las provincias

Más allá de las emisiones centrales de plata y oro acuñadas bajo control imperial, cientos de ciudades autónomas de todo el imperio emitían su propia moneda local de bronce para las compras diarias. Estas acuñaciones provinciales muestran cómo interpretaron distintas culturas al gobernante sin edad. En Roma, Augusto tuvo la cautela de no aceptar el culto directo como dios en vida, lo que habría ofendido al estamento senatorial. Sin embargo, en las provincias, sobre todo en el Oriente de habla griega, el culto al soberano era una práctica habitual desde hacía siglos.

En ciudades como Éfeso, Pérgamo y Antioquía, el retrato monetario intemporal adoptó un carácter abiertamente divino. Los grabadores provinciales representaban con frecuencia a Augusto con una corona radiada —cuyas puntas imitaban los rayos del dios solar Apolo— o situaban su busto junto a personificaciones del Senado, de la propia ciudad o de dioses tutelares locales. Mientras las cecas oficiales de Occidente preferían leyendas sobrias como Augustus Divi Filius ('Augusto, hijo del divinizado [Julio César]'), las monedas de bronce orientales lo llamaban abiertamente Theos Sebastos: 'Dios Augusto'.

En estas emisiones provinciales, la juventud eterna del emperador encajaba de forma natural en la sensibilidad de la población local. Los dioses no envejecían: ni Apolo, ni Hermes ni Dioniso mostraban arrugas ni calvicie. Al conservar un semblante terso y joven en el dinero, Augusto ofreció a las gentes de las provincias una imagen en perfecta armonía con sus tradiciones religiosas. Era el protector de sus ciudades, el garante de las cosechas y la manifestación terrenal de un orden divino.

El destino de la imagen imperial tras la muerte del gobernante

El destino de la imagen imperial tras la muerte del gobernante
Ilustración del artículo · El destino de la imagen imperial tras la muerte del gobernante

Cuando Augusto falleció por fin en Nola en agosto del año 14 d. C., a los setenta y cinco años, el Imperio romano contuvo el aliento. Había llegado el trance de vulnerabilidad que el régimen llevaba cuatro décadas intentando ocultar. ¿Se amotinarían las legiones? ¿Regresarían las guerras civiles? Gracias en gran medida a la meticulosa preparación institucional y visual que Augusto había dirigido, la sucesión en favor de su hijastro Tiberio se consumó sin que el sistema imperial se derrumbara.

Inmediatamente después de su muerte, el Senado deificó de forma oficial a Augusto. Ya no era solo Divi Filius (hijo de un dios), sino Divus Augustus: el Divino Augusto. En una hábil maniobra numismática, Tiberio no retiró la efigie de su padrastro de las monedas. Al contrario, mandó acuñar ingentes cantidades de piezas de bronce y plata con el retrato del Augusto deificado, coronado ahora abiertamente con los rayos puntiagudos de la divinidad o con la corona de roble de la salvación cívica.

Y lo más relevante: en estas monedas póstumas, Augusto conservaba la misma edad que había lucido durante los cuarenta años anteriores. La muerte no hacía más que ratificar lo que las monedas venían afirmando: aquel hombre no estaba sujeto al deterioro biológico común. Durante décadas, emperadores posteriores —entre ellos Calígula, Claudio y Nerón— volvieron a acuñar con regularidad piezas con la efigie intemporal del fundador del imperio. Cada vez que la legitimidad de un emperador flaqueaba, emitir una moneda con el rostro sin edad de Augusto era la vía más rápida para recordar a los romanos que el nuevo mandato se apoyaba en la época de paz dorada instaurada por el primer princeps.

La huella duradera de la imagen pública de Augusto

La huella duradera de la imagen pública de Augusto
Ilustración del artículo · La huella duradera de la imagen pública de Augusto

La decisión de inmovilizar el retrato de Augusto en la moneda romana fijó un modelo que dejó una huella perdurable en la historia occidental. Antes de Augusto, los retratos de figuras de poder en Occidente tendían a ser o bien descarnadamente realistas, o bien puramente míticos. Augusto unió ambos caminos y creó una tercera vía: el retrato oficial idealizado, donde el poder, la juventud y el programa político quedaban fundidos en una imagen de Estado inalterable.

Los emperadores que vinieron después tuvieron que decidir cómo posicionarse frente a ese ideal augusteo. Algunos, como el extravagante Nerón, optaron por mostrar en el metal su rostro real y cambiante, pasando de ser muchachos delgados a hombres de cuello ancho y mandíbula pesada. Otros, como Vespasiano tras las caóticas guerras civiles del año 69 d. C., regresaron de forma deliberada al verismo republicano, austero y curtido de arrugas, para demostrar que eran soldados prácticos y laboriosos antes que aristócratas vanidosos. Sin embargo, el canon de Augusto —sereno, clasicista y eternamente enérgico— siguió siendo el patrón de referencia al que los gobernantes volvían una y otra vez.

Hoy en día, un denario de plata de Augusto con dos mil años de antigüedad nos muestra el esmero con el que el Estado romano administraba la imagen de sus gobernantes. Aquel rostro liso y juvenil estaba pensado para convencer a una sociedad agotada por la guerra de que la paz alcanzada era duradera, de que las instituciones estaban a salvo y de que el líder que sostenía las riendas de Roma era tan imperecedero como el oro y la plata que lucían su nombre.

Fuentes y lecturas recomendadas

Profundiza en el tema con estas referencias.

The British Museum: Monedas del Imperio romano en el Museo Británico (BMCRE)Fuente externa · Se abre en una pestaña nueva Acuñación e historia del Imperio romano (David L. Vagi)Fuente externa · Se abre en una pestaña nueva Roman Imperial Coinage (RIC), volumen I: del 31 a. C. al 69 d. C. (C.H.V. Sutherland)Fuente externa · Se abre en una pestaña nueva
Emperador Augusto Gracias por leer con atención.
CA
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Coinage Archive

Redacción de Coinage Archive. Descubrimos la historia que guarda el dinero cotidiano.